RENACER CULTIRAL

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Solo la cultura salva los pueblos.

miércoles, 31 de enero de 2018

Posted: 30 Jan 2018 09:07 AM PST
Recorrida por tranvías, colina arriba y colina abajo. Su símbolo, un enorme puente colgante de color rojo que sobresale entre la niebla matinal. Está claro que hablamos de San Francisco, una de las principales ciudades que visitamos en nuestro viaje por la Costa Oeste de Estados Unidos y que, sin ninguna duda, nos cautivó desde el primer momento.
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La ciudad de San Francisco fue fundada en 1776, al igual que muchas otras ciudades de California, su fundación corrió a cargo de los colonos españoles que construyeron un fuerte en lo que hoy es la zona del Golden Gate. Poco después fundaron una Misión que dedicaron a San Francisco de Asís, aunque hoy en día se la conoce como Misión Dolores. Sí, el edificio original sigue en pie.
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¿Los habitantes de la zona en aquella época? Pues bien, eran la etnia de los ohlone y se unieron a los nuevos habitantes para trabajar en las misiones.La ciudad perteneció al virreinato de Nueva España hasta la independencia de México en 1821. Y unos años después pasaría a formar parte de Estados Unidos.
Hoy, la zona de Mission y la calle 24 son famosas por sus grafitis, auténticas obras de arte urbano que merece la pena acercarse a conocer.
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En 1848 se desató la fiebre del oro en California. Cientos de personas, atraídas por las promesas de grandes riquezas comienzan a llegar a la ciudad. Ese hecho, unido a la llegada y construcción del ferrocarril hacen que la ciudad comience a crecer de forma imparable y se formen las primeras comunidades inmigrantes, como es el caso de Chinatown, que aún hoy, sigue siendo una de las mayores comunidades chinas fuera de su nación. Pero hay más: Japantown o Little Italia, son solo otros ejemplos.
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Para finales del siglo XIX ya estaban en pie las primeras casas de estilo victoriano y en 1873 se inauguraba la primera línea de cable car. Las famosísimas Painted ladiesson un buen ejemplo de ello de estas casas y en general en todo el distrito de Alamo podemos encontrar estas encantadoras casitas.
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Los cable car o tranvías constituyen una de las imágenes más típicas de San Francisco y es que hay aproximadamente 50 colinas dentro de los límites de la ciudad. Las más famosas son las de Nob Hill, Pacific Heights, Russian Hill y las Twin Peaks, dos colinas muy próximas entre sí desde las que se obtienen muy buenas vistas de la ciudad. Aunque transitar por algunas de sus calles en cuesta es una tarea bastante tediosa, los cable car facilitan bastante el proceso. Hoy todavía siguen en vigor tres líneas que comunican la zona de Embarcadero y Fisherman’s Wharf con otros puntos de interés turístico en la ciudad.
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Además, Lombard Street sigue siendo uno de los puntos más visitados de San Francisco. Y es que se trata de una calle con 40º de pendiente en la que una reforma convirtió en la más sinuosa de Estados Unidos.
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En 1906 un terremoto de 7,8 grados en la escala Richter devastó la ciudad. Más de tres cuartas partes quedaron en ruinas y más de la mitad de la población de San Francisco perdió sus hogares. Sin embargo, la ciudad se recuperó pronto.
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En los años 30 es cuando se construyen dos grandes obras de ingeniería, el Golden Gate y el Puente de la Bahía. Sin ninguna duda el Golden Gate se han convertido en la imagen por excelencia de la ciudad de San Francisco. Para apreciar su grandeza hay que acercarse al parque de Presidio, que además de ser una bonita zona para realizar actividades al aire libre, es el mejor mirador del Golden Gate.
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También en la década de los 30, la prisión de Alcatraz comenzó a prestar servicio acogiendo presos de alta seguridad como Al Capone. Hoy, Alcatraz se ha convertido en una de las visitas imprescindibles que todos los turistas realizan cuando visitan San Francisco. Hay que dedicarle casi una mañana entera, pero acercarse hasta la isla en la que se levanta “la roca” sí o sí, merece la pena.
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En los años 60 y 70, la cuidad de San Francisco se convierte en el centro de la contracultura estadounidense. El movimiento Hippie en Haight Ashbury estalla en el verano del amor.
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De forma casi paralela, la ciudad inicia una potente lucha en favor de los derechos de los homosexuales. Figuras como la de Harvey Milk, a quien se recuerda en el barrio de Castro, realizaron una importantísima labor en este aspecto, así que, tanto Haight Ashbury como Castro, el “barrio gay” de San Francisco, son visitas imprescindibles en un recorrido histórico por la ciudad.
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En los años 70 y 80 es cuando se dará forma al Distrito financiero, situado cerca de la zona de Embarcadero, con la construcción de numerosos rascacielos como la Pirámide Transamericana.
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En la zona marítima, además del Distrito Financiero, donde en los últimos años se han empezado a instalar empresas de nuevas tecnologías atraídas por la actividad de Silicon Valley, es interesante acercarse al Ferry Building, un edificio que hoy se ha convertido en una especie de mercado gastronómico y donde también se cogen los ferris para ir a localidades como Sausalito, famosa por sus casas flotantes.
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En general, toda la zona del puerto está dedicada al entretenimiento ya que en el Pier 39 es posible encontrar numerosas tiendas y establecimientos para comer, el acuario de la ciudad y los pobladores más famosos de la zona, los graciosos leones marinos.
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Más adelante, en Fisherman’s Wharf, el entretenimiento continúa. Es una zona muy agradable y siempre llena de gente. Otra visita imprescindible. Y si se puede, claro está, no hay que marcharse sin probar su plato estrella, el Clam Chowder, la sopa típica de San Francisco, una sopa de almejas servida dentro de un pan.
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Desde luego, San Francisco fue una de las ciudades que más nos gustó en nuestra ruta por la Costa Oeste. Además de una historia apasionante, cuenta con un montón de actividades y cosas que ver en la ciudad, así que la visita a San Francisco es totalmente recomendable.
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El crimen organizado y sus vínculos con la minería ilegal de oro en América Latina

Categoría: América Latina Economía | Etiqueta: 
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El crimen organizado y sus vínculos con la minería ilegal de oro en América Latina
Mina de oro en el sureste de Venezuela. Juan Barreto/AFP/Getty Images
La extracción de oro al margen de la institucionalidad en la región es más rentable que el narcotráfico. El negocio aurífero está teniendo un impacto social y ambiental altísimo, creando un problema regional al que los Estados están dando una tardía respuesta.
La minería ilegal se expande por América Latina. La creciente demanda de cobre, estaño, tantalio, wolframio, pero sobre todo de oro, ha multiplicado la aparición de maquinaria minera pesada que, sin permiso y a veces a gran escala, operan en recónditos rincones de la geografía regional, incluyendo al menos 80 áreas naturales protegidas y zonas de amortiguamiento, según apunta la ONG Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA).
Definir satisfactoriamente minería ilegal es el primer desafío. Aquellos que explotan los recursos minerales sin los permisos necesarios (contrato de concesión minera, licencia ambiental) conforman un grupo muy diverso que demanda distintas estrategias. Pese a que en la práctica, como señala el experto Luis Álvaro Pardo, Estados como Colombia no hacen una diferenciación real entre informalidad e ilegalidad, es clave matizar términos para encontrar soluciones.
Quienes están inmersos en procesos de regulación suelen denominarse mineros informales, una etiqueta que abarca a los que extraen minerales de forma artesanal, sin usar apenas maquinaria o tecnología y en condiciones muy precarias, o a aquellos que operan sin sometimiento al control estatal.
Otras actividades mineras, en cambio, no podrán ser regularizadas porque están asociadas intrínsecamente a la ilegalidad. Algunas incluso están vinculadas a grupos criminales que no dudan en usar métodos violentos como la extorsión, las amenazas o la extracción de minerales en zonas prohibidas.
La llamada “Guerra contra las drogas” lanzada por Estados Unidos y la drástica subida del precio de oro (entre 2002 y 2012 aumentó un 500% a nivel mundial) han situado a la minería ilegal como uno de los negocios más lucrativos en la región.
Hoy, la minería ilegal, especialmente de oro, es más rentable en América Latina que el narcotráfico. El propio presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, afirmó que “la minería criminal es más lucrativa que el tráfico de drogas”. Esta industria genera alrededor de 2.400 millones de dólares al año en este país, según cálculos del Gobierno.
Pese a que la minería al margen de la institucionalidad no es nueva, su inminente auge la ha convertido en una grave amenaza regional. “Los Estados latinoamericanos no han reaccionado a tiempo —lamenta el economista Pardo—. Cuando al fin se dieron cuenta, encontraron un problema gigantesco, que iba más allá de la existencia de mineros informales o ilegales. Era un desafío de orden público”.

Coste humano y medioambiental
El crimen organizado y sus vínculos con la minería ilegal de oro en América Latina
El Ejército colombiano inspecciona una mina ilegal de oro en el Departamento de Cauca. Luis Robayo/AFP/Getty Images
Para combatir el expolio ilegal de minerales, muchos Estados han optado por destruir y quemar maquinaria. También por la represión. Sin embargo, para expertos como Julia Cuadros de la ONG peruana CooperAcción, la reconfiguración del mapa minero en América Latina responde a un tercer factor: la falta generalizada de apoyo estatal para generar alternativas de desarrollo en las comunidades. “La minería a pequeña escala y artesanal se ha convertido en una actividad de supervivencia para muchas personas desplazadas por la violencia o que han perdido sus trabajos por las privatizaciones y los cambios en la normativa laboral —señala Cuadros—. A esos pequeños mineros hay que darles alternativas económicas: los reprimes acá y se van para allá”.
El incremento en el uso de insumos como mercurio o los crecientes niveles de exportación evidencian un descontrolado auge minero que demanda la implementación de políticas efectivas de rastreabilidad de minerales y una regulación de los mineros informales. “Formalizar la actividad no debería limitarse solo a que los Estados expidan autorización, sino a evitar que la minería genere impactos ambientales y sociales y a erradicar los delitos conexos a esta actividad”, apunta el especialista ambiental César Ipenza.
La extracción clandestina de minerales es el atajo rápido para que los grupos criminales de la región laven dinero. Pero la ilegalidad trasciende al plano humanitario. Trata de personas, explotación sexual, trabajo infantil y adolescente o la pérdida de la soberanía alimentaria al producirse un abandono de las actividades agropecuarias son solo algunas de las consecuencias directas de la minería ilegal. También se ha registrado un incremento de las violaciones de los derechos de las mujeres: ha aumentado la violencia intrafamiliar y su dependencia económica debido a que la mina es una actividad predominantemente masculina.
Según la organización Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional, América Latina es la región que extrae de manera ilegal mayor porcentaje de oro. Venezuela lidera el ránking con cerca del 90% de oro extraído ilegal, seguida de Colombia con un 80%, Ecuador con el 77% y Bolivia y Perú, que rondan el 30%.
Aunque la minería ilegal es un fenómeno regional, no afecta a todos los Estados por igual. “En la zona amazónica, todos los países están en riesgo”, explica Cuadros. A la deforestación de bosques, muchos de ellos protegidos, y a la afectación de importantes fuentes de agua, se suma la contaminación por mercurio, el químico usado para separar el oro. Se estima que por cada kilo de oro producido, se liberan cerca de 1,3 kilos de mercurio que contaminan las fuentes acuíferas y las poblaciones humanas que consumen agua y pescado.
La Unión Europea y Estados Unidos prohibieron hace alrededor de siete años la exportación de mercurio a la región y el convenio Minamata, aprobado en septiembre de 2017, limitó las importaciones y exportaciones a los Estados. Sin embargo, y pese a los intentos internacionales por obstaculizar la adquisición ilegal de mercurio y las prohibiciones de uso en países como Ecuador o Venezuela, su tráfico, sobre todo en zonas fronterizas, aún no está controlado. “La gran minería de oro tiene como subproducto el mercurio, que debe ser dispuesto de manera adecuada —explica Ipenza—. Así se podría frenar el avance de la minería ilegal”.

De frontera a frontera
El crimen organizado y sus vínculos con la minería ilegal de oro en América Latina
Vista de una mina ilegal de oro en la selva Madre de Dios, Perú. Ernesto Benavides/AFP/Getty Images
Colombia y Perú son dos de los países más afectados por la minería ilegal e informal. “El Estado colombiano ha evitado legalizar a los mineros informales porque tiene la errónea visión de que la minería deben hacerla las grandes empresas —señala Pardo—, aunque éstas sean responsables de enormes e irreversibles daños ambientales, económicos y sociales”.
Una parte de la ilegalidad en Colombia se alía con la criminalidad. Las primeras alarmas sobre los vínculos entre grupos armados y la minería ilegal aparecieron en 2011 con un informe del Servicio de Seguridad de Colombia que advirtió de que el 50% de las minas en el país eran ilegales y de que los grupos armados dominaban muchas de ellas. Estas organizaciones pueden ser guerrillas (según Pardo, él no ha encontrado evidencias de que participen en la producción, sino que se limitaban a cobrar un “impuesto”) o grupos paramilitares o mafias.
Alrededor del 87% de los más de siete millones de desplazados internos en Colombia proceden de zonas en las que existe minería ilegal y petróleo. Las bandas, asegura la ONG Iniciativa Global, suelen forzar a los pobladores a trabajar en las minas o exigen el pago de altos tributos a mineros tradicionales.
En Perú, el sexto productor de oro a nivel mundial, el Estado ha advertido de que existe minería ilegal e informal en todas sus regiones. Se calcula que hay al menos entre 150.000 y 400.000 trabajadores en estas explotaciones. El mejor ejemplo es la zona selvática de Madre de Dios, donde casi la totalidad del oro es extraído ilegalmente.
Las iniciativas gubernamentales por frenar el tráfico de minerales han forzado a redefinir las rutas ilegales, lo que ha afectado incluso a corredores ecológicos binacionales como el de Vilcabama-Amboró (Perú-Bolivia), que abarca uno de los espacios de mayor biodiversidad del mundo. Bolivia, Chile, Brasil o Ecuador son los países elegidos para dar salida al oro ilegal.
En Bolivia existen entre 1.000 y 4.000 cooperativas mineras, aunque solo hay registradas unas 500, según datos de la SPDA. Esta organización advierte que en el país “la minería legal ingresa en circuitos de comercialización ilegal de manera permanente”. Pese a que es difícil rastrear este mercado, Iniciativa Global calcula que al menos unas 68 toneladas de oro (unos 3 billones de dólares) ilegalmente extraídas de la región amazónica y de la frontera norte con Perú han conseguido salir del país.
En México, parte de la minería ilegal está vinculada a los cárteles de la droga, que han encontrado así una manera de lavar los dólares del narcotráfico y una importante fuente de ingresos. Cárteles como el de Sinaloa, Los Zetas o Los Caballeros Templarios tienen control sobre zonas mineras y exigen pagos a trabajadores y empresas. Según un informe de 2012 de la Procuraduría General, estas organizaciones cobran a las compañías entre 11.000 y 37.000 dólares al mes por trabajar en su territorio.
Otros países de la región afectados son Guyana, Nicaragua o Guatemala. Su presencia también es notoria en Brasil, donde se extrae sobre todo oro y piedras preciosas. “Aquí hubo un conflicto muy fuerte por los mecanismos de control que intentó instaurar el gobierno y se incendiaron estructuras gubernamentales”, explica Ipenza, que apunta que la fiscalización brasileña ha sido débil y las políticas públicas, contradictorias. Brasil tiene una situación muy diferente a la de Chile, donde se estima que no existe producción de minería ilegal, pese a que se utilice como zona de tránsito para el oro.

Normativas y recomendaciones
La cadena económica de la ruta del oro es bastante enrevesada y su trazabilidad es compleja. La irrupción de los grupos criminales en el entramado minero ha obligado a los países andinos a suscribir diferentes convenios supranacionales para destruir maquinaria, por ejemplo, con el fin de obstaculizar la expansión ilegal y extractivista aurífera. Pese a que países como Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, Brasil o Guyana han avanzado en normativa nacional y han establecido sanciones penales para la minería ilegal, la actividad ilícita sigue ganando la batalla. “Es ya un fenómeno global —afirma Cuadros—. En la región se ha detectado incluso la presencia de mafias chinas, coreanas, italianas o rusas”.
América Latina es la región con mayores índices de minería ilegal de oro del mundo. “Los Estados no tienen el control del territorio y se ven desbordados por las organizaciones criminales o ilegales. Además, estos países tienen problemas de corrupción muy graves”, apunta Pardo.
Pero el tránsito del oro ilegal no se entiende sin analizar el rol que asumen los importadores. Pese a que la Unión Europea aprobó a mediados de 2017 una ley que prohíbe la compra de minerales procedentes de zonas de conflicto, otros compradores externos no cumplen a rajatabla las recomendaciones internacionales que buscan frenar la minería ilegal y las violaciones de derechos humanos que conlleva. “En los últimos años han aparecido nuevos mercados como China, India, Dubai o Hong Kong que no son tan responsables o conscientes de estas actividades y no siempre piden certificación de origen o rastrean el oro que compran”, apunta Ipenza.
Otro eslabón de esta cadena lo conforman diversas empresas destinadas a la compraventa de minerales que no se adhieren a los Principios Rectores sobre Empresas y Derechos Humanos de la ONU y que aún no han implementado mecanismos eficaces para mapear las cadenas de suministro y procedencia del oro. “En la región se han ido creando empresas anfibias que en su parte de producción tienen muchos brazos metidos en las zonas productoras. Allá compran el oro a cualquier persona que se acerque a venderles sin saber la procedencia”, cuenta Pardo. Organizaciones especializadas piden que se persiga y penalice a toda empresa implicada en cualquier actividad ilícita.
Para Cuadros, la raíz del problema es la liberalización de la minería: “La venta y la explotación de oro han quedado en manos de las leyes del mercado. Pareciera que la responsabilidad de la minería ilegal es de quienes explotan el oro, pero el principal responsable es el Estado y sus diferentes gobiernos”.

Depende: ¿el fin de los partidos políticos?

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Gente camina a lado de un muro con propaganda electoral de partidos políticos holandeses. Emmanuelle Dunand/AFP/Getty Images
¿Es posible y deseable un futuro sin formaciones políticas? Un análisis de los elementos clave sobre este debate.
Es sabido que los Padres Fundadores estadounidenses, al redactar los fundamentos de la naciente república, se la imaginaron (en su idealismo) sin partidos políticos. La lógica detrás de esta premisa es sencilla: la política, en su estado más destilado, es una profesión compleja que requiere de expertos cuya única tarea debería ser solucionar los problemas de Estado. Los partidos, en su politiqueo, no son sino una hostil distracción para dicha tarea. Pero la trampa fue pensar que estos problemas tenían soluciones claras. Soluciones basadas en resultados obtenidos, como en la ingeniería. Se les escapó que, dependiendo de los principios morales de cada experto, dichas soluciones varían sin perder legitimidad alguna. Y que su éxito no suele, por tanto, depender tanto del resultado obtenido sino de los principios que se emplean en su legislación. Conocemos bien el coste de tan desafortunada fricción. Desde entonces reina en la política, de mano de sus partidos, tal fanfarria de valores y principios que ahora han llevado a aquella misma república norteamericana, ya no en su infancia sino en su ocaso, a un shutdown cuyos resultados, por más variados que hayan podido ser, fueron todos malos.
Ante los avances de la tecnología, el periodismo y las redes sociales, es quizás oportuno retomar ese idealismo creador de los fundadores estadounidenses para volver a pensarnos un futuro sin partidos políticos. Para hacer del negocio político un asunto más directo y profesionalizado. ¿Pero es esto deseable? Pues, depende.

“Los partidos son elementales y necesarios en toda democracia”
Sí. Podríamos resumir en tres las funciones de los partidos políticos: crear una plataforma social que movilice al público electoralmente, crear un tejido moral y/o social y/o filosófico en el que personas de similar pensamiento político y/o identidad social puedan converger y, por último, funcionar como escuela y maquinaria gubernamental. El hecho de que todas las democracias de la actualidad tienen al menos un partido político evidencia que una de estas tres funciones no se puede realizar fuera de los partidos. Y esta es la segunda. Plataformas sociales con fines electorales y sin afiliación política, como veremos luego, han existido con algún éxito en el pasado – pensar, por ejemplo, en el Movimiento Cinco Estrellas italiano de sus principios. En cuanto a “funcionar como escuela y máquina gubernamental” podemos pensar en la sofisticada labor que enseñan prestigiosas escuelas como la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard como superiores y más directos sustitutos al lento ascenso burocrático y jerárquico tradicional de los partidos. Pero la materia del cual está hecho el tejido ideológico de los partidos –los principios, valores y asociaciones que nos esculpen como individuos y ciudadanos— no es reciclable. Un país sin partidos es, profundamente, un país sin identidad política. Cosa tal vez deseable. Pero humanamente imposible.
Ese es el precio de la paradoja. Las tareas de Estado tienen diversas soluciones, todas igual de legítimas según las premisas de los que la proponen. Pero esto nos lleva a otro problema aún más profundo: ¿Cual es la premisa correcta? El debate es moral y por tanto interminable. ¿Fronteras abiertas o cerradas? ¿Equidad de riquezas o igualdad de oportunidades? ¿El estado de bienestar como colchón o trampolín? Es quizás la tarea principal de los partidos, en estos tiempos de paz, fraguar estos debates a través del tejido moral, social e ideológico que usa para entrelazarnos. Por eso son elementales.

“Los partidos son siempre la representación de una ideología política”
Para nada. Este tejido del cual están hechos los partidos va mucho más allá de las ideologías que lo componen. Esto resulta, sencillamente, del hecho de que nuestras ideas son solo una parte de nuestras identidades políticas. El resto de dicha identidad responde a factores varios, entre los que destacaría nuestra procedencia social, nuestras creencias religiosas, nuestros rencores históricos, nuestra afiliación a un jeque y nuestras ambiciones personales. Como regla general agregaría que la democracia ideal es aquella en la que preponderen relativamente las ideas sobre el resto de factores. Y viceversa: la peor democracia es aquella donde los partidos políticos, vacíos de ideas, son solo plataformas para un puñado de pequeños caudillos y sus respectivas tribus. La realidad fluctúa entre estos extremos. En un mismo país, un mismo partido va cambiando de ideas, de afiliaciones sociales, y en donde ahora prepondera la cabeza, una generación más tarde reinará el cuerpo.
Pero aún así hay que tener cierta cautela. Fiódor Dostoevsky, aquél profético antimodernista, nos advertía en su obra Demonios: “Hay quienes piensan que consumen ideas. Lo que no saben es que son las ideas las que los consumen a ellos”. No hay mejor ejemplo de esta posesión que la que sufrieron sus compatriotas los Bolcheviques 50 años después. Por tanto, deben preponderar las ideas, sí. Pero no dominar absolutamente: cuando digo ideas digo también pluralismo, debate y conversación.

“Los partidos son plataformas de movilización social obsoletas en la era de Internet”
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El Presidente francés, Emmanuel Macron, en una inauguración de un servidor de Internet. Philippe Huguen/AFP/Getty Images
En principio sí, pero el sí por su propio peso se vuelve un no. Que hoy en día las redes sociales pueden movilizar más que los partidos es una realidad. La Primavera Árabe. Las protestas de 2017 en Venezuela. La protesta del paraguas amarillo en Hong Kong. Sin ir muy lejos: la manifestación más grande que hubo en España el año pasado fue la que convocó “Todos somos Cataluña” por la web en contra de la declaración de independencia catalana. Los partidos entonces brillaron por su ausencia.
Las redes sociales ahora tumban tiranos, encarcelan corruptos, organizan guerrillas. No podía ser de otra manera por dos razones. La primera es que movilización social nunca ha sido monopolio de los partidos: en momentos de crisis, las sociedades se vuelven una suerte de red nerviosa donde un martillazo en un dedo ilumina, casi irreflexivamente, al cuerpo entero.La insurrección de la revolución francesa fue producto de más del contagio de la toma desairada de la Bastilla, en el cuerpo enfermo de una Francia empobrecida, que de las ideas de los que inicialmente cogieron los fusiles. La segunda razón es precisamente el hecho de que Internet no hace otra cosa que aumentar la velocidad de contagio. Ante esto no es sorpresa que cada ciclo electoral nos muestra cómo cada vez más las redes sociales se han vuelto los principales campos de batalla de las contiendas electorales.
La historia reciente, sin embargo, también nos muestra que este tipo de movilizaciones no logra resultados a menos que se vuelque a una plataforma política (es decir, a un partido) que pueda ser electa y los ejecute. En respuesta a la crisis financiera de 2008, las dos movilizaciones más importantes de Estados Unidos fueron Occupy Wall Street y el movimiento Tea Party –las cuales representaron, respectivamente, la respuesta de la izquierda y la derecha al descontento social postcrisis. Pero solo uno, el Tea Party, el cual logró que sus ideas percollaran en el partido Republicano, tuvo éxito. Actualmente cuenta con 31 diputados en la Cámara del Congreso, y es una de las principales fuerzas políticas dentro del gobierno de Donald Trump. De Occupy Wall Street, el cual no quiso afiliarse al partido demócrata (su aliado natural), ni nombrar líderes propios, no queda prácticamente nada.
No sobrevivió por la sencilla razón de que para movilizar hacia la crítica y el desmantelamiento no hace falta partido, es verdad. Pero para construir una plataforma gubernamental, para instaurar lo que venga después de tal desmantelamiento, la historia es otra. La propuesta política, vale la pena insistir, es un asunto minucioso y complejo. No se puede hacer en la algarabía de una plaza pública o el anonimato de un foro de Internet. Requiere de organización, liderazgos, pautas. Es precisamente la complejidad de la propuesta política la que hace necesario a sus partidos.
Por eso tampoco es casualidad que movimientos inicialmente antipartidos, como el Movimiento Cinco Estrellas en Italia o el Movimiento 15-M (predecesor a Podemos) en España, se convirtieran precisamente en partidos para intentar hacer algo constructivo de sus críticas. Son, por tanto, quizás la mayor evidencia de la supremacía del partido político como articulador final del deseo y el pensamiento social.

“La mejor democracia es la de muchos, pocos o ningún partido político”
Depende. Ante la máquina de votación muchos estadounidenses el año pasado se habrán preguntado: “Hillary Clinton y Donald Trump –¿estos son, seriamente, los dos mejores que se nos ocurrieron?”. Es sabido que el bipartidismo de Estados Unidos, plagado de lobbyies e influencias, es una muestra clara de su decadencia democrática. En parte por un sistema de lleno volcado en contra de los partidos independientes, es prácticamente imposible que un político se pueda hacer de la presidencia sin ser demócrata o republicano. Además de que para vencer en las primarias de cada partido sus candidatos se ven forzados a tomar posturas extremas, lo cual sin duda es uno de los factores más importantes en la polarización del país. Pero esto no tiene por qué ser, necesariamente, un argumento a favor del multipartidismo absoluto.
Como caraqueño puedo atestiguar que la oposición venezolana, que no es otra cosa que una coalición de 20 partidos distintos, es una muestra clara también de los problemas del multipartidismo. En ella abunda la codicia, la envidia, las negociaciones interminables y poco fructíferas, las traiciones y no precisamente la diversidad de ideas (todo lo contrario) sino la diversidad de voluntades personalistas incompatibles. Pero esto tampoco es un argumento a favor del bipartidismo.
Hay países, como Alemania, donde muchos partidos funcionan (hasta ahora) bien entre sí. Y otros, como la España post franquista, donde el bipartidismo fue claramente un vehículo indispensable para la regeneración social y la negociación de voluntades. También tenemos el ejemplo de la China post Dengiana, la cual ha logrado prosperidades innegables funcionando a través de un solo partido. En fin: para gustos los colores.
Como decía antes, los partidos políticos cumplen la función de articular las ideas y sentimientos de la sociedad. Muchos o pocos partidos no son necesariamente la receta para su correcto funcionamiento. Lo elemental es otra cosa: que haya bajas barreras de entrada para nuevos partidos, que las formaciones tradicionales puedan regenerarse y que logren, en su momento, negociar fructíferamente entre sí. Para esto es importante que la financiación de los partidos sea proporcional e igualitaria, que funcionen dentro de sí democráticamente y que preponderen en ellos las ideas y no los personalismos. Esto implica que sean también buenas escuelas de los valores que tanto nos venden. Esto no se logra desde fuera (imponiendo un número mínimo o máximo de partidos, por ejemplo) sino precisamente desde dentro.
Y no exactamente dentro de las formaciones políticas (aunque también), sino dentro de todos nosotros. Los partidos son espejos de la salud civil de toda sociedad. A veces viciosa, a veces virtuosa, la relación es recíproca: si no hay ideas en los partidos es porque no las hay en la calle. Si no se regeneran los partidos tradicionales es porque reina el costumbrismo también en las cocinas. Si votamos por el jeque es por nostalgia a la tribu. Y si preferimos la fanfarria a la solución –lenta, aburrida, sofisticada– es porque hemos hecho de la política, como nos recuerda el señor Trump semanalmente, un espectáculo del entretenimiento.

“Los populismos como fin de los partidos políticos”
No está tan claro. El populismo, como diría Ernesto Laclau, es una respuesta exagerada a una insatisfacción social que los partidos tradicionales no han podido, o no han querido, surtir. Como ya decía antes, surgen de protestas masivas, relativamente espontáneas, para luego articularse como partidos políticos. Por tanto no son la amenaza sino la continuación del partidismo. Lo que sí son (o tienen el potencial de ser) es el fin de los partidos políticos tradicionales. La pregunta, por supuesto, es que tan bueno pueda ser todo esto.
En mi opinión la visión maniquea del populismo que ahora tiene tanta circulación, la de que son monstruos que manipulando a la masas desmantelan al bueno y noble Estado es una indolencia intelectual. No porque no sean una amenaza gravísima. Lo son. Sino porque las masas no son tan manipulables como se cree, y si están tan en contra del status quo será por algo. Uno de los principales causantes de los populismos, por tanto, son precisamente los partidos políticos tradicionales, quienes (queriéndolo o no) han participado en la alienación del Estado de sus ciudadanos. La visión maniquea a veces obvia este punto.
El populismo, como el hongo que crece bajo la sombra, o el tumor que prospera desapercibido en un costado, es una enfermedad de la democracia y sus partidos políticos, símbolo de su declive y su falta de regeneración. Producto a veces de demandas desatendidas, a veces de demandas imposibles, cumple la violenta función de asustar o renovar los liderazgos tradicionales. Son, continuando la analogía, una suerte de mecanismo de defensa del cuerpo. En buenas dosis, como ha sucedido hasta ahora en España o en la Francia de Macron, impulsa nuevos y saludables liderazgos. En dosis descontroladas, como en mi natal Venezuela, terminan de matar al cuerpo enfermo. Por eso hay que luchar contra ellos, por supuesto, pero también escucharles.
Así pues, queridos lectores, son los partidos, males necesarios que, llenos de vigor y urgencia, prosperan tanto en la luz como en la sombra. Que se adaptan a sus contextos, cuales en un ecosistema. Que son humanidad y nos reflejan. Que no mueren sino se enferman y se pudren, para que precisamente de su putrefacción salgan nuevos partidos, como hongos. Que abonarán la tierra para un buen día dar paso a las flores. Y así, como en la vida. Así que esta es, quizá, la respuesta más tajante al enunciado. ¿El fin de los partidos políticos? ¡Pero cómo –si son una fuerza de la naturaleza!